—Entre usted—me dijo vivamente;—me alegro mucho de verla.
Y dirigiéndose a su madre para prevenir toda objeción, añadió:
—Estoy absolutamente lista y ya he tomado el té. Mientras lo tomas tú y acabas de vestirte, puedo hablar un momento con Elena. Tengo que enseñarle unas pinturas que no conoce.
La de Grevillois hizo entrar a la señora Schwartz en el comedor y yo seguí a Luciana a su cuarto, un cuartito muy modesto con ventana a un patio estrecho que parece un pozo. Por fortuna, como viven en el último piso, reciben la luz por encima de los tejados próximos.
Me ofreció la única silla, muy usada y no muy sólida, y se sentó ella en la cama, sin cortinas y cubierta con una colcha de flores azules muy descoloridas.
Estos detalles se fijaron en mi mente por el contraste entre aquellas cosas miserables y la espléndida belleza y el brillo de juventud de aquella a quien servían de marco.
Luciana estaba muy pálida y sus ojos irritados indicaban un largo insomnio.
Me tomó la mano, la conservó en la suya, cuyo calor me quemaba a través de mi guante, y me dijo:
—Gracias por haber venido... Es usted buena, Elena, y se puede fiar en usted, ¿no es verdad?
Sus ojos me miraban como si buscasen mi alma en el fondo de los míos.