—Si pido a usted un servicio... un gran servicio que sólo usted puede prestarme, ¿querrá usted?

—Ciertamente, si puedo hacerlo... y...

—¿Y qué?...

—Y si no hace falta para ello faltar a ningún deber.

Por sus labios pasó y se desvaneció la sombra de una sonrisa no exenta de lástima.

—Si fuera preciso—dijo—faltar a algún deber, no se lo pediría a usted... Me dirijo a usted precisamente porque la tengo en particular estima, porque sé que es usted leal y piadosa y porque usted cree en la santidad de un juramento... ¡Oh! no tenga usted miedo—añadió adivinando que la solemnidad de la palabra juramento me había alarmado;—sólo se trata de mí, de mí sola, de una cosa de la que depende mi porvenir...

—¿Un matrimonio?

—Casi...

Vaciló y dijo penosamente:

—Un matrimonio fracasado...