—Y que usted siente—respondí, conmovida por su palidez y empozando a presentir una parte de la verdad.

—Sí, lo siento... No se puede menos de tomar cariño...

Se interrumpió y dijo después:

—Me guardará usted el secreto, ¿verdad? ¿Lo promete usted? Esas cosas son penosas... como usted comprende.

—Comprendo...

—¿Me promete usted el secreto?...

—Se lo prometo...

—Un secreto inviolable... un secreto de confesión...

—Excepto para mi confesor—dije pensando en usted, mi bueno y piadoso consejero.

Luciana reflexionó un instante.