—Excepto para ese, si usted juzga útil hablarle de ello.

—Tiene usted mi promesa; pero si tan penoso le es confiarse a mí, ¿para qué decirme más?

—Es preciso... ¿No le he dicho que tengo que pedirle un gran servicio?

Luciana se ponía encarnada y pálida alternativamente.

—¿Ha reparado usted—me dijo al fin—que el señor Lautrec me hacía el amor?

—Era difícil no repararlo.

—¿Ha pensado usted que podría casarse conmigo?

—Me ha ocurrido esa idea, pero no con gran seguridad. El señor Lautrec, no sé por qué, no me parecía maduro para el matrimonio...

—Tenía usted razón y le juzgaba con más acierto que yo... Yo me dejé enredar por sus palabras halagüeñas, por su ternura superficial y por sus vanas y vagas protestas... Me había gustado... ¿Cómo lo encuentra usted?

—Muy agradable.