—Su persona, sus gustos, su ingenio, su posición... su fortuna, hermosa sin ser colosal, sus relaciones, todo él me agradaba... y tuve la debilidad de escribirle...
—Es lamentable... pero él es un hombre honrado y no abusará de esa confianza.
—Así lo creo... estoy cierta... Mis imprudentes cartas están seguras en sus manos... Pero se marcha y él mismo no se disimula los peligros que lo esperan.
Se estremeció y su voz se volvió débil.
—Si no volviese, ¿qué sería de esas cartas?
—Ya oyó usted ayer que confía sus papeles a Máximo; esas cartas están, sin duda, comprendidas en ellos.
—El señor Cosmes conoce mi letra...
—Pero las cartas deben de estar metidas en un sobre...
—¿Qué sé yo? Además un sobre puede abrirse, romperse... Basta una casualidad que ocurre siempre en estos casos.
—Aunque así fuese, Máximo no abusaría del secreto que descubriese.