—¡Ah! No comprende usted—exclamó con desesperación.—¿Y la humillación, y la vergüenza? ¿No es eso nada para usted? ¿Cómo pensar en eso sin morir? Tal idea me da fiebre...
Temblaba y estaba agitada por grandes calofríos.
—Es preciso absolutamente que yo tenga esas cartas.
—¿Se las ha pedido usted al señor Lautrec?
—Sí, sin duda; y se ha negado a dármelas.
—Es abominable, odioso...
—No, no crea usted en ninguna brutalidad de su parte... Al contrario; protestó de su cariño, de su abnegación... Quiere conservar mis cartas por ternura, y acaso porque sabe vivir... Ayer todavía se atrevió a pedirme que continuásemos esa correspondencia.
—¿Está usted segura—dije vacilando,—de que no piensa en el matrimonio?
—Jamás se ha pronunciado esa palabra entre nosotros... Había yo creído, loca de mí, que el amor... los sentimientos de admiración apasionada y de entusiasta simpatía que él expresaba, lo conducirían a eso... Me escribió... y le respondí... Esta es la imprudencia que hoy expío con crueles agonías... más crueles de lo que usted puede pensar.
Pareció dudar si me diría una cosa, que por fin no se atrevió a confiarme.