—Elena, he contado con usted para recobrar esas cartas.
—¡Conmigo! ¿Qué puedo yo hacer?... Creo que si usted hubiera insistido...
—He insistido—respondió nerviosamente.—He hecho más... he ido a su casa a pedírselas.
—¡Oh! Luciana...
—Sí, una mañana dí ese paso insensato e inútil, sin saberlo mi madre. No estaba en su casa y me comprometí en vano. No pude hacer más que escribirle dos palabras, que le dejé bajo sobre en la antesala. Le suplicaba que llevase anoche a casa de la Marquesa esa prueba de mi locura, y que la depositase en un rincón de la biblioteca, donde la hubiera yo sacado sin que nadie lo notase.
La fatalidad ha querido que su criado no le diese mi esquela.
—¿No puede enviárselas a usted... por el mismo procedimiento que empleaba para escribirle?
—Podría, pero asegura que no puede pasarse sin una amistad tan querida y excepcional; me suplica que confíe en su prudencia y en su honor, y, sin comprometerse a nada, habla del porvenir con palabras tiernas... y vagas. Lo conozco bien... y no me fío de él ni de nadie... excepto de usted, Elena... La he visto a usted dulce, compasiva y valerosa, al lado de una miserable pecadora, la Briffarde... y he creído que tendría usted piedad de mi angustia.
—¿Qué puedo hacer?—dije tristemente.
—Esta noche va usted a ver a Gerardo, Elena, y le pedirá, le exigirá que le entregue esas cartas... Aquí tiene usted dos letras para él, que he preparado y que autorizan su intervención. Con usted, no podrá salir del paso con frases de novela. La credulidad, la confianza que le he mostrado, me impiden hablarle alto... No puedo, a pesar de todo, pedirle que se case conmigo si él no lo desea o si no encuentra que soy un buen partido para su ambición.