—Luciana—le dije turbada en extremo.—Temo no poder cumplir una misión tan delicada; no sabe usted lo tímida que soy.

—Su bondad de usted la inspirará.

Me asió apasionadamente ambas manos, pues la de Grevillois acababa de abrir la puerta para recordar a su hija que era hora de salir.

—Probaré—dije muy bajo a Luciana cuando vino a abrazarme.

La de Grevillois y la señora Schwartz estaban de pie esperando que acabase nuestra despedida.

Las miradas de Luciana me imploraban y me daban las gracias al mismo tiempo, mientras leía yo en ellas no sé qué sombrío y trágico que me espantaba.

—¿Qué me oculta?—me pregunté.

Tenía el presentimiento de que no me lo había dicho todo.

La buena señora de Grevillois, entretanto, me colmaba de cumplidos y de excusas por verse obligada a despedirme.

Ya con la puerta abierta, Luciana afirmó la voz y me dijo: