—Hasta muy pronto... Si ve usted esta noche al señor Lautrec, dígale que le deseo buen viaje... Y no olvide usted decir a Máximo que mi madre y yo sentimos mucho no estar con ustedes para darle la bienvenida. Pero Ruán no nos ha consultado para la apertura de su exposición.

—No olvidaré nada...

Me atrajo hacia ella, me besó y me dijo al oído:

—Gracias... el secreto, ¿verdad?

—Eso, sí, puedo prometerlo.

—Deme usted también un beso, hija mía—exclamó la de Grevillois.

Y lo hice de corazón.

¡Compadezco tanto a esta madre tan llena de ternura y de abnegación, y que no tiene la confianza de su hija!

Ahora, señor cura, estoy sola en mi cuartito, mientras mi padre ha ido a la Academia. Y sin dejar de cuidarme de los preparativos de la comida, me estremezco al pensar lo que tengo que decir esta noche al señor Lautrec.

El mismo día, 12 de la noche.