He vencido, mi buen señor cura, y estoy muy contenta por Luciana sin estar muy orgullosa por mi diplomacia, pues la verdad es que no he tenido mucho mérito. Voy a contarle a usted cómo ha pasado.
Déjeme usted decirle ante todo que, hace un momento, cuando acababa yo de escribir, ha llegado Máximo. ¡Qué placer el volverlo a ver! Me ha dado las dos manos con efusión, y después, vuelto ya mi padre, se ha dirigido exclusivamente a él para contarle el éxito de sus conferencias y todos los detalles del viaje.
Mi padre le ha dicho que había visto al ministro y que su nombramiento para el Colegio de Francia está firmado y próximo a aparecer en el Diario Oficial.
Máximo ha dado las gracias con calor a mi padre; pero no ha parecido tan encantado como yo esperaba. Así somos, ¿verdad? Cuando obtenemos las cosas deseadas, no nos causan todo el placer que esperábamos de ellas; el deseo, sin duda, las ha descontado de antemano.
A todo esto no se me iban de la cabeza las recomendaciones de Luciana y he debido de aderezar con ellas el pudding que he confeccionado con mis propias manos.
Al primer campanillazo mi corazón se puso a latir tan fuerte, que me quedé como petrificada en la silla. Eran los Marqueses de Oreve, que notaron en seguida mi turbación.
—¿Está usted mala?—me preguntaron al mismo tiempo.
—¿Elena?—preguntó mi padre.—Ha estado alegre todo el día como un pájaro de primavera.
Nuevo campanillazo y nuevo ahogo.
Decididamente, no he venido al mundo para las negociaciones delicadas.