Esta vez era Kisseler, y detrás de él, Lautrec.
No sé con qué expresión lo he recibido, pero sí que fue bastante singular para que, en varias ocasiones, me mirase sonriendo. No pude menos de hacer la observación en voz alta:
—¿Qué tengo hoy de extraordinario?
Lautrec respondió:
—Estoy observándolo.
—¡Ay, señor cura! No puede usted imaginar qué fastidioso es tener una cara en la que se lee todo, y sobre todo lo que se quiere ocultar. Yo estaba como en ascuas.
¿Cómo llamar aparte a Lautrec sin llamar la atención? ¿Cómo hacerle tan grave revelación delante de todo el mundo? Por fortuna, Máximo y el doctor no habían venido y me acordé, como una idea luminosa, de un viaje a las Indias, ilustrado con bonitos grabados, que había hojeado hacía unos días. Me acerqué al señor Lautrec, le hablé con entusiasmo de los maravillosos palacios y de las ruinas gigantescas, que me habían chocado, y le inspiré el deseo de ver el libro.
Me siguió a la biblioteca, pero también al Marqués de Oreve se le antojó ver las estampas... Mi combinación iba a fallar, cuando quiso el Cielo que la Marquesa se enredase en la genealogía de los Coburgo. El Marqués volvió en seguida pies atrás, y Lautrec y yo nos quedamos solos en la biblioteca, cuya puerta abierta nos dejaba expuestos a todas las invasiones. No había, pues, tiempo que perder.
—He inventado un pretexto para traerlo a usted aquí—dije valientemente, y entregué a Lautrec la esquela de Luciana. Él le echó una ojeada y se puso encarnado.
—¡Cómo! ¿Usted su confidente? Es inverosímil e inaudito.