—Esa reclamación me parece natural y justa—dije sin responder a su asombro.
—Entonces, ¿es serio? ¿Quiere sus cartas?
—¿Lo dudaba usted?
—Sí, lo confieso. Creí que se trataba de una pequeña habilidad de coquetería para saber el precio que yo atribuía a sus cartas, que son, en efecto, encantadoras.
—Me las entregará usted, ¿verdad?
—¿Ha manifestado Luciana alguna duda sobre mi lealtad?—preguntó con voz alterada.
—Ninguna... Pero se marcha usted para mucho tiempo... va usted lejos... y es permitida la inquietud...
—¡Qué locura!... Además, no tengo ya esas cartas... están con otros papeles en una maleta cerrada que he confiado a Máximo...
—Recóbrelas usted y démelas.
—¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Me marcho a las seis de la mañana.