—¿Le causa a usted pena lo que le digo?—pregunté por fin.
La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmuró en voz baja y quebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer ni pena.
—Pero... su padre de usted... ¿No está usted contenta porque va a su lado?
Elena tardó en responder:
—No lo conozco... y él no me quiere.
—¿Quién le ha dicho a usted eso?—exclamé vivamente.
—Lo sé... no me ha querido nunca; ¿no es verdad?
A mi vez tardé en responder.
¿Qué podía decirle de aquel padre que no había tratado de verla en doce años? Protesté, sin embargo, lo mejor que pude.
—Juro a usted que, al saber la muerte de la señorita de Boivic, la mayor preocupación de su padre de usted ha sido el no poder hacerla feliz.