La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero no dijo nada.

—¿No me cree usted?—añadí con insistencia.

Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.

—¿Será posible—exclamé,—que alguien haya cometido la imprudente crueldad de hablar a usted mal de su padre? ¿Qué se han atrevido a decir a usted?

—Nada... pero me han enseñado a temerlo. Cuando no era buena, me amenazaban con enviarme a su lado.

—¿Quién? ¿La señorita de Boivic?

—Sí... y también Marivette.

Convertido Lacante en el coco, ¿con qué alegría debe considerar esta niña la perspectiva de ir a vivir con él?

—Le han dado a usted de él una idea muy falsa...

Traté de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que hace Lacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lo difícil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una niña. Le pinté además sus ataques de gota que le entregan a los cuidados mercenarios de una criada.