La muchacha se conmovió.

—Yo sería de buena gana su sirviente—exclamó con pasión.—Lo cuidaré si quiere... y le querré si me lo permite...

Creo que posee un alma ardiente y tierna.

Al preguntarle qué sentía más dejar en Quimper, me respondió:

—¡Todo! ¡Todo!

Y rompió a llorar con la cara entre las manos.

—No hay una piedra de este país, ni una flor, ni una mata, ni una cara a que no esté unido mi corazón.

Y siguió sollozando mucho tiempo.

Su niñez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada, Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para su sobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sin embargo, tiene tan buen corazón, que siente a su tía como si nunca hubiera tenido que sufrir su mal humor.

Nos vamos dentro de dos días.