Traté de tomar un tono de broma, pero me sentía, torpe, intimidada y mis carrillos ardían. Máximo me miraba con una expresión severa que me daba mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.
—¿Secretos, Elena?
—¿Por qué no?
Y, dando un golpe de ciego, añadí:
—¿No tiene usted ninguno para mí, Máximo?
Sin responderme, dio media vuelta.
—Está bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningún derecho para preguntar los de usted.
Se volvió a la sala y no me dirigió la palabra en toda la noche. Cuando se marchó le ofrecí la mano, pero fingió no verlo y se contentó con saludarme fríamente.
Y vea usted cómo he vencido a mi costa, señor cura, y cómo, por hacer un servicio, me encuentro regañada con el hombre a quien más quiero en el mundo, después que a mi padre.
¡Con tal de que Máximo no vaya a contárselo!... Si mi padre me pregunta, ¿qué le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...