—¿Es una carta?

—Aunque así fuese...

—¿Una carta para usted?

—No—respondí con voz un poco vacilante.

Máximo me miró fijamente como reflexionando. Después dijo de pronto:

—¿Son cartas de usted que se le devuelven?

Esta vez respondí con resolución:

—Menos todavía.

Máximo me cortaba el paso con insistencia y yo temía que, a fuerza de preguntas, me hiciese hablar más de lo que debía.

—No me pregunte usted, porque no sabrá nada.