Y añadió:
—He vuelto a poner la llave en su sitio.
Después se puso a hablar con un grupo de amigos que habían venido en su ausencia.
Yo no le perdía de vista. En un momento dado entró en la biblioteca, estuvo allí unos segundos y salió echándome una mirada que quería decir: ya está. Estaba yo entonces en gran conversación con la Marquesa de Oreve, que me estaba confiando sus sentimientos íntimos, y aquella psicología tenía trazas de durar mucho tiempo, porque parecía gustarle. No podía yo interrumpirla ni dejarla y tenía la frente bañada en un sudor de impaciencia al pensar que cualquiera podía entrar en la biblioteca, hojear el libro y dar con el sobre misterioso, cuya presencia sería difícil de explicar. Dudo que mis respuestas a la Marquesa le dieran una alta idea de mi inteligencia.
La llegada del té me arrancó de aquel suplicio.
Cuando todo el mundo estuvo servido, me escurrí hacia la biblioteca, me fui derecha al librote, ligeramente entreabierto por el espesor del paquete, tomé el sobre lacrado y, dando un suspiro de alivio, me le metí en el bolsillo con grandes precauciones para no romper algún sello de lacre.
Levanté la cabeza y me encontré con Máximo, que me estaba mirando en silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara, comprendí que me había visto perfectamente meterme el sobre en el bolsillo.
—¿Qué preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?
Estaba yo como la grana y traté de responder riendo:
—La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.