Estaba yo ruborizada y temblorosa por tener que recurrir a semejantes astucias, y casi me despreciaba al ver que se me ocurrían como si el alma invisible de Luciana me las inspirase.

Nuestro coloquio, por otra parte, no había pasado inadvertido, pues se trataba de ir a comer y mi padre me interpelaba:

—¿Pero qué es esto, Elena? Una dueña de casa que olvida sus deberes para charlar...

—Es ese zalamero de Lautrec, que hace de las suyas—dijo irónicamente Kisseler, que no pierde ocasión de decir despropósitos.

Acepté más que de prisa el brazo que el Marqués de Oreve me presentaba, arqueado en forma de guirnalda.

Cuando pasé al lado de Máximo, que acababa de llegar, me echó una mirada severa que me intimidó. Pero como tenía conciencia de no haber hecho nada malo, no quise atormentarme.

Después de comer, Lautrec se llevó a Máximo a un rincón para concertarse con él y en seguida cogió un cigarro y salió. Su ausencia no fue larga.

Cuando volvió, le dijo Máximo:

—¿Lo ha encontrado usted?

—Sí, tengo lo que necesito.