—Un poco—dije en el tono más tranquilo que pude.

—A mí también me ha sorprendido. Me había figurado que, dentro de algún tiempo, sería dichoso convirtiéndose en mi hijo... Le hubiera confiado sin temor a mi Elena... porque es un hermoso corazón y lo estimo mucho. ¿Qué piensas de su elección?

—No sé si Luciana lo hará muy feliz—dije fluctuando entre la violenta antipatía que sentía en aquel momento por Luciana y el miedo de dejarla adivinar.

Mi padre me contó que el compromiso de Máximo con Luciana data de un año, e insistió con bondad en ese punto, dándome a entender que, en aquel momento, Máximo no me conocía. ¡Pobre padre! Le cuesta trabajo comprender que se pueda preferir a Luciana, y acaso creía que mi amor propio sufría más que el suyo.

Y se engañaba, porque no es eso lo que me hace sufrir. Lo que me preocupaba entonces era el asombro de que Luciana, comprometida con Máximo, hubiera tratado de casarse con Lautrec. Hay en esto un misterio. Yo no he soñado que ha seguido con él una correspondencia secreta, que me ha encargado de rescatar, aun a riesgo de comprometerme. No lo hubiera hecho, sin duda, si hubiera podido sospechar mi cariño a Máximo y presentir lo que yo sentiría ser mal juzgada por él por su causa. Tampoco podía saber que yo me dejaría caer en el garlito. Evidentemente, no tiene ella la culpa de todo esto. Y, sin embargo, me hace daño verla; su presencia es para mí un suplicio.

En cuanto volvió se apresuró a venir a casa, impaciente por conocer el resultado de mi diplomacia. Pero justamente aquel día una sucesión de visitas se interpuso entre nosotras y no pude hablarle en secreto, ni, mucho menos, entregarle sus cartas. La segunda intentona no fue más dichosa, pues había yo salido. Hasta ayer no pude llevármela a mi cuarto, mientras su madre se quedaba con mi padre, y, confieso mi debilidad, señor cura, no pude reprimir un movimiento de repulsión cuando me dio la mano.

—¿De modo que ha vencido usted?—me dijo en seguida.—¿Tiene usted mis cartas?

—Aquí están.

Abrí mi cajón y le entregué el sobre cuidadosamente lacrado y en el que estaban escritas estas palabras: «Para quemarlo.» Luciana le abrió, contó los pliegos, y dijo:

—Están todas... ¡Qué amable ha sido usted!... ¿Le costó trabajo obtenerlas?