—Ninguno... La dificultad estuvo en entregármelas aquella misma noche sin que nadie lo notase.
—¿Y lo logró?
—No por completo... Máximo lo vio.
—¡Máximo!...
Luciana pronunció este nombre con voz alterada.
—Tranquilícese usted—dije un poco amargamente,—todo su desprecio cayó sobre mí. Creyó que las cartas me pertenecían.
Luciana no pudo contener un suspiro de alivio.
—¡Pobre Elena!—dijo con embarazo.—Estoy desolada por la contrariedad que le causo a usted.
—Es algo más que una contrariedad—respondí un poco secamente.
Ella me miró, como para penetrar el fondo de mi pensamiento, y replicó: