—Estoy desolada... pero perdóneme usted mi abominable egoísmo. Es una dicha que sus sospechas hayan recaído en otra, porque yo me voy a casar con Máximo.
—Lo sé.
Me temblaban las manos y los labios, y mis nervios, en intolerable tensión, me dejaban apenas fuerza para hablar.
Luciana continuó:
—Sí... me he decidido... Hace mucho tiempo que Máximo había pedido mi mano... y yo vacilaba... La abominable conducta de Lautrec me ha hecho ver el valor de cada uno.
—Cuento con usted—dije con voz ahogada,—para justificarme con Máximo. Quiero tener su estima.
Luciana pareció apurada y balbució:
—Sí... sin duda... lo haré... Buscaré una ocasión y lo explicaré todo de un modo verosímil... Confíe usted en mí y guarde el secreto... Me lo ha jurado usted.
—No lo olvido.
Necesitaba todas mis fuerzas para contenerme y para contener los movimientos de aversión que me sacudían los nervios.