Sé que hacía mal, pues no debo odiar ni despreciar a nadie... Pero sufría mucho para ser buena.
Luciana volvió a darme las gracias y a besarme, pero sus caricias me eran odiosas.
¡Oh! señor cura, regáñeme usted, si quiere; muéstreme mi deber; pero, sobre todo, consuéleme. Usted, que sabe el bien y el mal de mi vida y de mi alma, deme valor y un poco de su piedad.
Máximo a su hermano.
Dices que no comprendes cómo esa Elena, que te había pintado tan piadosa y cándida, se ha dejado arrastrar a una intriga más o menos galante. No te falta nada para decir que la calumnio. ¡Como si las apariencias no fuesen con frecuencia engañadoras! ¡Como si el corazón de las mujeres no fuese desde la cuna un abismo de misteriosa perversidad y de instintiva perfidia!
Y el alma de las devotas, sábelo, es la peor de todas, porque unen a la perversidad de sus instintos, y hasta el desorden de su conducta, la hipocresía de una virtud con que se engañan a sí mismas... Tienen tan altas aspiraciones, que se creen todavía llevadas por los ángeles cuando arrastran ya los pies por el fango de los caminos.
No hablemos más de Elena. Ha matado en mí la fe en la inocencia y en todo lo que es puro y verdadero. Esa niña, con sus ojos de madona y su sonrisa infantil, ha cometido un asesinato moral.
No quiero pensar más que en Luciana, que, dentro de seis semanas, será mi mujer. Está muy alegre y su humor es igual, dulce y tierno desde que todo está decidido, y yo le agradezco que sea dichosa, porque eso alivia no sé qué malestar que arrastro conmigo hace ya mucho tiempo, como el que no está dentro de su vocación. Creo que la mía hubiera sido hacerme cartujo y pasarme la vida entre cuatro paredes descifrando manuscritos, pues la verdad es que detesto la vida que hago, las relaciones, las vanidades, la vanagloria del éxito, el placer, y, sobre todo, a las mujeres, desde la primera a la última; no exceptúo más que a Luciana... con mil trabajos. Hay momentos en que, aun a su lado, me ocurren pensamientos malos, desconfianzas y duros sarcasmos.
Y la culpa es de Elena. Había imaginado en ella tal ideal de adorable bondad, de ingenua ternura, de sencillez y de rectitud, que, despojado de ese ideal, me encuentro como aplastado en el suelo, como caído de un campanario, aturdido, quebrantado, incapaz de remontar el vuelo hacia las alturas y condenado a arrastrar mis miembros dislocados y mi espinazo roto por el polvo nauseabundo de la vida vulgar.
Termino con esta hermosa imagen para irme a cumplir mis deberes de novio feliz. ¡Qué comedia es la vida!