Máximo a su hermano.

Así, pues, se vuelve usted irónico, señor hermano, y me hace observar con malicia que mi última carta está llena de imprecaciones contra Elena, mientras que Luciana ocupa en ella muy poco lugar...

¿Qué quieres deducir de ello? La verdad es que la cólera, la indignación y todos los sentimientos dolorosos, favorecen la elocuencia más que la dicha. ¿Desde cuándo se narra la felicidad? ¿Puedo describirte al detalle las perfecciones de mi prometida, la riqueza de su talle, la nobleza de su hermosura, ni el encanto atrayente de aquella boca, que parece llamar al beso que rehusa la altivez de la mirada? ¿Te diré cuántas veces he besado sus largos dedos de uñas duras y brillantes? ¿Te contaré nuestras querellas (existen y tengo que confesar que vienen de mí) seguidas de una paz frágil? Me estoy volviendo gruñón y saltarín como una cabra, y temo que nuestro matrimonio no sea un modelo de armonía.

En otro tiempo, ¿te acuerdas? era yo bueno, tenía compasión de todo lo que vive y sufre y hubiera sido incapaz de causar la más ligera pena a una criatura humana. Pero me han enseñado que hay que defenderse y estar en guardia, y que lo seguro en este mundo es dar los primeros golpes. Siento que me estoy volviendo todo lo malo que es necesario.

Después de muchos días de no ver a Elena, ayer la encontré en casa de la Marquesa de Oreve. Cuando me acerqué a ella para saludarla, me dio la mano con una mirada de tan suplicante dulzura y con una sonrisa tan triste, que todos mis malos sentimientos vacilaron. ¡Qué poder hubiera podido ejercer sobre mí si hubiera sido tal como yo la imaginaba, si me hubiera amado y las circunstancias nos hubieran unido a tiempo!

Había a su lado una silla vacía y me senté en ella, obedeciendo a una fuerza más poderosa que mi voluntad; pero como no teníamos nada que decirnos, no atreviéndonos a iniciar ningún asunto íntimo y personal, no hicimos más que cambiar reflexiones tontas sobre los que nos rodeaban, sobre el tiempo y sobre las revistas de la quincena, todo ello interrumpido por torpes silencios. No me atrevía a levantarme; una indulgencia repentina y tierna me tenía clavado en aquella silla al lado de la suya, y sólo temía que el fastidio de aquella estúpida conversación o un detalle imprevisto le hicieran levantarse a ella. A pesar de mis secretos resentimientos, había vuelto a ceder al encanto de su dulzura, de la cándida gracia que emana de ella como un perfume y de la alegría un poco melancólica de reanudar nuestra fraternal amistad.

Luciana estaba impaciente al verme tanto tiempo al lado de Elena, y varias veces había sorprendido sus miradas fijas en nosotros como si quisiera adivinar lo que decíamos.

Por fin se aproximó, acercó una silla y nos pidió con expresión sonriente permiso para terciar en la conversación.

—¡Bah! Para lo que decíamos... Elena no está inspirada, y yo he dado prueba de buena voluntad sin resultado.

—No sin resultado... No puede usted figurarse el placer que me ha producido...