—Entonces, ¿me aconseja usted que acepte?

—¡No!... es decir... no puedo aceptar tal responsabilidad. Someto a usted el deseo de un amigo y afirmo que no sé nada de él que no sea honroso... Pero ¿quién se ha de atrever a garantizar la perfecta armonía de las naturalezas, de los caracteres, de las almas?...

—Tiene usted miedo por él, ¿verdad?

Nuestras miradas se cruzaron y creí leer en el fondo de la suya menos desprecio que pena.

—¿Qué respondo a Givors?—dijo por fin.

Mi padre vino en mi ayuda:

—No se puede, realmente, exigir de Elena una respuesta inmediata. Dejémosle tiempo para reflexionar...

Así están las cosas, pero yo no reflexiono, señor cura, pues estoy decidida a no casarme en este momento. Hay en mi corazón demasiadas tempestades y no se debe comprometer la vida bajo la influencia de una borrasca.

Hace poco tiempo que vivo con mi padre y quiero gozar de su presencia y de su ternura.

Así se lo he dicho, y aunque ha tratado de combatir mis argumentos, he visto que mi decisión no lo contrariaba y que, acaso, tendría un pesar al ver disolverse ya nuestra dulce vida común.