Máximo dijo a su vez:

—Mi pobre amigo Givors, enamorado de usted, se pone a sus pies, en mi persona, para solicitar una respuesta favorable... ¿Qué debo decirle?

—Empiece usted por felicitarlo por la elección de su embajador—respondí con una amargura que me era imposible contener.—Si me decido a ese matrimonio, será ciertamente por la intervención de usted, Máximo...

—¿Pensaría usted acaso rehusar?—dijo un poco conmovido.

Mi padre no me dejó responder.

—Espera un poco, hija mía. Mi deber me obliga a insistir en la demanda del señor de Givors, que merece gran consideración... Si así no fuera, Máximo no se hubiera encargado de esta misión... que tan mal temple, dicho sea de paso... Pero piensa que había para ti en esa misión grandes probabilidades de dicha...

Me volví hacia Máximo y le pregunté:

—¿Es verdad?

Él me respondió en tono poco seguro:

—¿Puede usted dudarlo?