—Creo que Elena prefiere los rubios...—por alusión a Lautrec que es rubio y alto.
Aquel ataque me irritó.
—Tiene usted razón—dije,—prefiero los rubios. Puede usted decírselo a su candidato.
—¡Vamos! Elena—exclamó mi padre,—eres demasiado razonable para que te fijes, tratándose de tal cuestión, en el pelo de la bestia.
Nos echamos a reír y esto hizo menos violenta la situación.
—La cosa es seria, querida, y ya que Máximo sostiene tan mal la causa de su amigo, voy a encargarme yo de hacerlo.
Mi padre empezó entonces la enumeración de las cualidades del señor de Givors, de sus ventajas de familia, de su posición y sus esperanzas.
Yo lo escuché dócilmente, pero sin disimular mi indiferencia.
Mi padre lo echó de ver y me dijo:
—No parece que te interesa gran cosa lo que te estoy contando... Se trata de ti, sin embargo... Di lo que piensas.