No pude contener una exclamación y observé a Máximo, que me estaba mirando con expresión provocadora.
—Sí—continuó mi padre,—Máximo ha consentido en encargarse de presentar la demanda de su compañero de colegio, Gastón de Givors, y de hacer valer sus ventajas, que no son de desdeñar.
—Veamos las ventajas—dije fríamente, dirigiéndome a Máximo.
—Hay que saber ante todo si Gastón de Givors no la disgusta a usted.
—No lo conozco.
—Dispense usted, Elena, pero debe conocerlo, porque ha venido aquí varias veces y hasta han hablado ustedes.
—Es posible, pero no he reparado en él. Viene aquí mucha gente y el señor de Givors se ha perdido en la multitud.
Mi padre intervino:
—Si haces un esfuerzo, verás cómo te acuerdas... Un oficial de la Escuela de Guerra, pequeño, moreno...
Y al ver que yo decía que no con la cabeza, pues no tenía recuerdo alguno ni empeño en tenerlo, Máximo dijo con maldad: