Elena al Padre Jalavieux.

Doña Polidora ha venido esta mañana a decirme que mi padre me llamaba, y he corrido alegremente a su despacho, pues los momentos más felices del día son los que paso a su lado.

Máximo estaba con él y los dos tenían un aspecto grave. En seguida me eché a temblar sin saber por qué, por instinto, solamente porque tengo el corazón como aplastado por el secreto que llevo en él y por mis culpas para con mi padre. Me senté en un taburete al lado de su butaca y esperé interrogándole con la mirada.

—Es muy joven—dijo mi padre dirigiéndose a Máximo,—es una niña.

Había en sus palabras una tierna piedad que parecía abogar por mi.

Máximo respondió:

—Es joven en años, pero la creo muy adelantada para su edad.

Su voz dura me hirió tanto como la mordaz ironía de sus palabras, cuyo sentido yo sólo comprendía.

Pensaba en las fatales cartas que me había visto ocultar. ¡Oh! ¡Con qué ganas le hubiera arrojado al rostro la verdad! ¡Cómo le hubiera dicho que guardase sus desprecios para la que los merece! Pero la traición es cosa vil y baja. Más vale callar y sufrir. Mi padre se había sonreído, sin sospechar la crueldad de Máximo.

—Querida—me dijo alegremente,—se trata de un matrimonio. No tomes ese aspecto horrorizado, puesto que nada habrá de hacerse contra tu voluntad. El partido que se presenta, sin ser excepcionalmente brillante, es muy conveniente y ofrece serias garantías. Un muchacho bien educado, inteligente, de conducta irreprochable... Máximo, que lo conoce bien...