Su cara se ensombreció.

—¿Qué puede impedírselo? ¿Una invitación? ¿Un placer?

—No hay placer para mí sin usted, Luciana. Esta noche iré, aunque sea tarde. Quiero hablar con Lacante, que no ha podido decirme más que dos palabras a la salida de la lección. Tengo necesidad de sus consejos, de sus observaciones y de su fino espíritu crítico...

Y he corrido a casa de Sofía Jansien, a la que había anunciado mi visita. Pero había salido, dejándome una excusa y citándome para mañana.

La noche me va a parecer larga. Esa mujer presiente el objeto de mi visita y retrocede todo lo posible. Preciso será que hable, sin embargo, y yo sabré obligarla.

Máximo a su hermano.

26 de noviembre.

La he visto y no ha querido decir nada, valiéndose de subterfugios y afirmando que había querido castigarme por el abandono en que la tenía y que había hecho mal de tomar en serio unas bromas que no merecían ese honor.

—¿Me afirma usted, señora, que no había en sus palabras ningún doble sentido ofensivo para mí o para mi prometida?

Sofía exclamó: