—¡Su prometida! ¿Así estamos ya? ¡Se va a divertir esa joven en la vida conyugal si ya sospecha usted de ella!... ¡Qué chistosos son los hombres! No me haga usted responsable de sus chifladuras, querido.

—Dispénseme usted que insista, señora. Háyalo usted querido o no, ha conseguido alarmarme, y le suplico de nuevo que me diga si realmente no hizo ninguna alusión desfavorable para mí o para...

—¿A usted? ¿Qué se le puede reprochar? Es usted un amable y buen muchacho, muy loco y muy cándido.

—No sé si soy amable ni, sobre todo, si soy cándido; lo que sé es que se trata de la tranquilidad de toda mi vida. Sea usted buena y franca... No sabe usted nada que se pueda reprochar a Luciana, ¿verdad?

—Reprochar... reprochar... Siempre se puede reprochar algo... hasta el ser demasiado perfecto...

—Eso no es responder... Voy a ser más preciso: lo que se podría reprochar a una joven seria...

—¡Bah! Es usted fastidioso—exclamó con un gesto de molestia.—Este interrogatorio me va cansando y agotaría la paciencia de un santo... No tengo nada que decir a usted y nada le diré... ¿Qué quiere usted que yo sepa de Luciana? ¡Es usted asombroso, palabra de honor! No estará contento hasta que le diga horrores de la mujer con quien se va a casar...

—Me importa, señora, conocer esos «horrores» para desenmascarar a los calumniadores y hacerles arrepentirse...

No hay calumniadores en esta casa, señor mío. Busque usted otro terreno para sus hazañas de galante caballero.

La hubiera estrangulado, pues conocía que estaba mintiendo y tratando de despistarme. Su voz y su risa sonaban a falso, y su salvaje enfado no hacía más que hundir en mi seno el aguijón de la duda... ¿De qué pueden acusar a mi pobre Luciana? ¿Qué puede saber, sin decirlo, esta horrible Sofía?