Después de unos minutos de silencio, empleados en dominar mi cólera, me levanté.
—Puesto que se niega usted a hablar, acaso sabré algo más preguntando al señor Jansien.
Sofía me miró con risueño asombro.
—¿Federico? ¿Mi marido? Es una idea original. ¡Inténtelo usted, amigo, inténtelo!...
Tiró de la campanilla y dijo al criado:
—Ruegue usted al señor que baje al salón.
Momentos después me vi entrar un hombre gordo, subido de color, cabello gris, bigote recio, anchas manos colgando de unos brazos rígidos y aspecto general de mozo de carga. Era el antiguo mayordomo del plantador; el feliz esposo de la abominable Sofía, que me presentó diciéndole que tenía que hacerle unas preguntas.
Vi que con tal personaje no hacían falta precauciones oratorias, y le dije:
—Tengo, caballero, que pedir a usted unos informes confidenciales, referentes a un matrimonio...
—¿Un matrimonio?... Bueno... bien...