Quise protestar, pero me interrumpió con un gesto y siguió diciendo a Máximo:

—Quiero que sepa que no pongo en esto ninguna obstinación mal intencionada, y que, si dependiese de mí, no contristaría a tan buena hija ni vería su cara llorosa y angustiada sin transigir, por lo menos, con Dios-Padre... al que no niego absolutamente, pero que es para mí lo incognoscible. Conviene que Elena sepa que mis padres no me dieron religión y que ningún bautismo ha llamado sobre mí la gracia divina. Mi padre, alistado por entusiasmo, a los dieciocho años, en los ejércitos de la Revolución, perdió allí las pocas nociones religiosas que había recibido en casa de sus padres. Llegado a sargento, se casó con la hija de un escribano, llamado Sandoz, educado en las ideas de los enciclopedistas y libre de todo prejuicio religioso. He vivido muchos años, sin conocer a Dios más que por los escritos de D'Alembert y de Diderot y, después, por los de Rousseau y Voltaire. Mi madre se quedó viuda y se volvió a casar con un antiguo emigrado, el señor de Boivic, que se la llevó a Quimper, donde sus ideas se modificaron poco a poco, pero yo no era ya bastante joven para modificarme a su imagen, y vivía, además, lejos de ella. A ella, pues, y, después, a la señorita de Boivic, debes la educación que has recibido.

Mi padre se había vuelto hacia mí y se sonreía.

—¿No era, entonces, mi tía la señorita de Boivic?

—No, pero en Bretaña los parentescos son hospitalarios y la de Boivic quería considerarte como sobrina.

—Fue muy generosa para mí—dije con emoción.

—Ciertamente; le debemos mucho agradecimiento... Ya ves, querida Elena, que si no soy un buen cristiano, no pongo en ello gran malicia.

Yo estaba afligida al ver el ancho abismo que separa a nuestras almas, pero me esforcé para no dejarlo ver.

—Realmente, papá, no es culpa tuya... pero...

—¿Qué, hija mía?