—¡Ah! Esos son otros cantares...
Se calló un rato con los ojos cerrados, y después, temiendo, sin duda, haberme afligido, me dijo con dulzura:
—Todos dependemos, hija mía, más o menos, del medio en que hemos sido educados y de las enseñanzas que hemos recibido. Cuando esté mejor, te contaré mi infancia y mi juventud, y verás que si soy un incrédulo no es enteramente por mi culpa.
Me asió la mano y me la besó varias veces, como para excusarse de ser como es y no como yo querría que fuese.
Elena al Padre Jalavieux.
28 de noviembre.
Mi padre está mucho mejor, señor cura. Esta mañana estaba alegre y se sentó solo en la cama. Después pidió su gorro negro y se lo puso con aire triunfante. En seguida habló de este modo:
—Aquí tiene usted, amigo mío...
Olvidaba decir a usted que se dirigía a Máximo, que le ha demostrado durante la enfermedad un cariño filial.
—Aquí tiene usted una personita que se tortura porque no pienso como ella en materia de fe, y que estoy seguro de que me encuentra muy ingrato porque no conformo mi pensamiento al suyo.