—Veo, caballero, que me guarda usted rencor, y hace mal... En casos como el de usted, sólo los amigos están obligados a responder... y a ellos hay que dirigirse cuando se quiere saber alguna cosa... ¿Por qué preguntar a los que no tienen el honor de ser de ese número?
Saludé sin responder y me fui a mi casa, donde encontré otro anónimo como los anteriores y que los siguió a la chimenea.
¿Qué enemigos de mi dicha se ocultan así en la sombra? ¿Qué bajas envidias ha excitado contra ella la pobre Luciana? No puedo sospechar de Sofía Jansien. Por mucho rencor y antipatía que tenga contra ella, no puedo creerla capaz de acciones tan bajas y despreciables...
Y, por otra parte, no puedo casarme llevando en el corazón una duda insultante contra la que va a ser mi mujer.
Elena al Padre Jalavieux.
Estoy todavía temblando de miedo, mi buen señor cura. Mi pobre padre ha estado muy enfermo durante dos días y dos noches, y yo he pasado terribles angustias.
La gota iba subiendo y los médicos no ocultaban el peligro. Esta mañana se ha puesto algo mejor y hemos vuelto a la esperanza, pero me estremezco todavía al pensar que la muerte ha podido llevarse a mi padre querido en ese obscuro estado de alma que lo tiene tan lejos de Dios.
Una noche en que lo estaba velando, me puse a rezar y a llorar arrodillada al lado de la cama, creyéndole dormido. Un ligero movimiento de la mano me indicó que despertaba, y me levanté prontamente por miedo de disgustarlo. Fijó entonces en mí sus ojos penetrantes y me dijo con una semisonrisa en los pobres labios quemados por la fiebre:
¿Por qué interrumpes tus oraciones cuando te miro? ¿Me tomas por un tirano? Ruega a Dios, si eso te consuela, hija mía; pero, entonces, no llores.
Esta vez me atreví a responder que no lloraría si fuésemos dos a rezar.