Un señor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesaban mucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso. Una vez les oí murmurar en voz baja:

—Debe ser la viuda de algún marino.

—Es demasiado joven. Más bien será una huérfana con su hermano.

—No, porque él no está de luto.

—Entonces será su novio.

Aquellas suposiciones me hacían gracia. Aquellos señores bajaron en Versalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta París. Iba despierta, y como observé que me miraba de reojo a través de su velo, le dirigí algunas palabras animadas con una sonrisa.

—Sí, he dormido—me respondió,—y usted ha debido de pasar frío. Es usted demasiado bueno para mí.

—¿Por qué demasiado? ¿No quiere usted que seamos amigos?

—¡Soy tan poca cosa!

—No es esa la opinión de todo el mundo. ¿Sabe usted lo que pensaban esos señores que han viajado con nosotros esta noche? Que era usted una viuda o mi novia.