Elena se echó a reír y, por primera vez, oí su risa franca y joven, que me la reveló como capaz de alegría y de divertirse un poco.
—¡Viuda! ¡Novia!... ¿Tengo un aspecto tan majestuoso?
—¿No le gustaría a usted estar ya prometida?
—¡Oh! no—exclamó;—sería ridículo.
Y añadió con un candor deplorable:
—Mejor podría usted ser mi padre, ¿verdad?
—No lo veo así enteramente, Elena. ¿Qué edad cree usted que tengo?
—No sé...
Y añadió vacilando:
—¿Es muy viejo mi padre?