—Es desgraciado y le he arrancado la confidencia de sus disgustos. Figúrate que el pobre muchacho está inundado de denuncias anónimas contra Luciana.
No pude contener un estremecimiento y mi padre lo notó.
—¿Lo sabías?
—No... Estoy estupefacta... ¿Qué dicen?
—Nada preciso... Dan a entender que ha amado a otro y que le ha dado algo más que esperanzas.
—Yo creía—dije con toda la calma que me permitía mi emoción,—que no se debía dar ninguna importancia a los anónimos.
—Nada más despreciable, en efecto; pero no dejan por eso de surtir su efecto funesto. Por mucho que se proteste contra la infamia del procedimiento, la sospecha queda. Máximo es una prueba... Además, la de Jansien ha lanzado insinuaciones pérfidas, sin querer explicarlas.
—También eso es despreciable.
—Como quieras... pero siempre será un hecho que la reputación de esa joven no está intacta... por una razón cualquiera, grave o fútil, antigua o reciente... ¿Qué piensas tú?
Mi corazón latía tan fuerte, que me costaba trabajo hablar.