Máximo a su hermano.

3 de diciembre.

Al fin sé la despreciable acusación que pesa sobre Luciana y sé de dónde ha salido.

La Marquesa de Oreve me llamó ayer a su casa por una carta urgente y fui corriendo con el presentimiento de lo que iba a suceder. Estaba yo tan pálido y desencajado, que la Marquesa exclamó al verme:

—No se alarme usted, querido amigo... Lo que tengo que decirle exige ante todo calma y sangre fría...

—Se trata de Luciana, ¿verdad?

—Puesto que lo ha adivinado usted, no tengo que tomar precauciones oratorias...

—Se lo ruego a usted, señora; ¿de qué se la acusa?

—Cálmese usted o no me atreveré a continuar... Se trata, creo, de una ligereza... una imprudencia... Pero las suposiciones malignas van más lejos...

Le supliqué que abreviase, pero tuve que sufrir un exordio, preparado de antemano, sobre los penosos deberes de la amistad y sobre el esfuerzo que le imponía su vivo interés por mí... Por fin habló.