—Las confidencias que nos hacemos no son de gran importancia, y, además, la delicadeza obliga a tenerlas secretas.

—¿Quieres darme a entender?...

—¡No, no, nada!—exclamé vivamente.—Responde a Máximo que no tengo nada que decir.

—Entonces no sabes nada, absolutamente nada desfavorable a Luciana... ¿Sí o no?

¿Por qué me obligaba así? En un segundo pasó por mi mente un huracán de pensamientos confusos y contrarios de incertidumbre y de infinitos escrúpulos... Mi padre me miraba con fijeza...

Entonces, señor cura, me pareció que una voz interior, la de mi conciencia, me decía al oído: «No cometas una traición.» Y respondí con firmeza:

—No.

—Entonces, puedo tranquilizar a Máximo—dijo mi padre, que acaso esperaba otra cosa.

Respondí con una seña, sin fuerza ya para hablar.

He mentido a mi padre; he mentido a la amistad por cumplir mi juramento. ¿He hecho mal? ¿Soy culpable? Si es así, espero que Dios me lo perdonará, pues Él sabe lo que me ha costado.