—¿Tan de mañana?... Buenos días—me dijo alegremente.—Muy mal aviada estoy para recibir a usted.

Echóse por los hombros, para ocultar lo raído del traje, un chal de brillantes rayas que había dejado caer, e inclinándose graciosamente, me dio la mano.

Se la oprimí y la oprimí contra mis labios tratando de reanimar mi valor, mientras ella, siempre sonriente, me miraba, esperando la explicación de mi visita a aquella hora.

—Luciana—dije muy bajo,—¿es verdad que ha ido usted sola a buscar a Lautrec a su casa de la calle de Jena?

Mi prometida se puso tan pálida, que hasta los labios resultaron descoloridos; y al mismo tiempo una horrible sensación de frío corría por mis venas, mis dientes crujían y me parecía que el sol acababa de apagarse.

—Le juro a usted que nunca he visto a Gerardo Lautrec en su casa.

Su voz estaba cambiada y su respiración era anhelosa.

—¿Por qué niega usted? La vieron a usted entrar.

—¿Quién me vio? ¿Quién se atreve a decir eso?

—La de Jansien... Iba a ver a su abogado, Lehoux, que vive en la misma casa que Lautrec, y ha visto a usted, a usted, Luciana, entrar en casa de ese hombre, donde era usted, sin duda, esperada, puesto que allí se quedó.