—¿Las tiene Lautrec?
—No... Me las ha devuelto.
—¿No dice usted que no estaba en su casa?
—Así es la verdad... Me las envió por una persona segura.
—¿Puedo saber el nombre de esa persona?
—¿Para qué?... Eso importa poco...
—Me importa mucho, al contrario, saber quién ha intervenido en un episodio tan lamentable para mí.
—Pues bien, puede usted preguntarla y sabrá que no miento: es Elena Lacante.
—¡Elena!
No pude contener un grito. En medio de mi pena, de mi ternura humillada y del sombrío abatimiento en que me sumían las confesiones de Luciana, brotó de mí un relámpago de alegría.