—¿Para qué preguntarme?... Si duda usted de mí, es inútil...

—¿Por qué no decir la verdad, si es inocente?

—Lo es, pero usted no lo creería.

—¿Cómo no ve usted que no pido más que creerla, que tengo sed de su inocencia y de verla justificada ante todo el mundo como lo está de antemano para mí? Pero, por Dios, Luciana, sea usted franca.

Su cara se contrajo con una expresión de sufrimiento; y después levantó la cabeza y dijo con resolución.

—Pues bien, lo seré... y usted será inexorable; lo conozco... Fui a casa del señor Lautrec a reclamar unas cartas que había tenido la imprudencia de escribirle...

—Muchas imprudencias son esas para una mujer que va a casarse, Luciana... ¿Qué decían esas cartas? ¿Estaba su madre de usted enterada de esa correspondencia?

—Si lo hubiera estado no hubiera yo ido en secreto a reclamarlas. Lautrec se marchaba al día siguiente y no podía resignarme a dejárselas.

—¿Qué decían esas cartas?

—Frases de novela... esas tonterías sentimentales, sin sinceridad, que divierten a la frivolidad de las mujeres... ¡Qué castigada estoy por aquella pueril vanidad!...