Y esto era lo más amargo de todo.

Luciana se levantó lentamente.

—Olvide usted que me ha amado. Yo me acordaré siempre... y ese recuerdo será el más dulce de mi vida pasada...

Me hizo con la mano una seña de adiós, y salió de la sala.

Yo no la retuve...

En el comedor, me encontré al salir con la de Grevillois, que estaba poniendo su modesta mesa.

—¿Qué ocurre?—exclamó al ver mi cara descompuesta.

—Luciana se lo dirá a usted.

Besé con respeto aquella mano laboriosa y arrugada y pasé aquel umbral que no veré más, dejando detrás de mí los sueños febriles de un año y las ruinas de mi tardía juventud.

Ya estoy libre... pero solo...