Elena al Padre Jalavieux.
Lo imposible sucede algunas veces, señor cura.
Mi padre me ha llamado hace un momento y en cuanto le he visto, he conocido que no estaba satisfecho.
—Ven aquí—me dijo,—y dame cuenta de tu conducta. ¿Por qué me has mentido?
—¿En qué, papá?
—Me has afirmado que no sabías nada de las fechorías de Luciana, a pesar de que estabas perfectamente informada, con pruebas, y has dejado a Máximo, un amigo, caer sin socorro en el lazo que le tendía esa casquivana.
—Papá, se había confiado a mí y yo le había jurado el secreto.
—Has hecho mal, muy mal. Una joven que quiere y respeta a su padre no tiene secretos para él.
—He deplorado amargamente mi imprudencia, pero, una vez cometida la falta, ¿podía yo hacer traición a la que se había entregado a mí con toda confianza?
—Se había entregado... por interés; por hacerte sacar las castañas del fuego, tontilla.