—No pensé en eso al verla tan desolada, tan infeliz. Y después no he creído que debía cometer un perjurio.

Mi padre dijo, ahuecando la voz:

—¡Oh! ¡Hermosos sentimientos!... Habría que preguntarte, sin embargo, si la fidelidad a tu palabra debía poder más que el respeto a la verdad.

—Me lo he preguntado con angustia, papá... Y, en la duda de lo que debía hacer, he tomado el partido que más trabajo me costaba. He temido que el decir la verdad estuviese demasiado conforme con mis... deseos.

No pude continuar y bajé la cabeza.

Mi padre se agitó en su sillón, creyendo que estaba yo llorando, y dijo:

—Ahora lágrimas; el argumento supremo de las mujeres. ¡No llores, voto va!

Se quitó el gorro y lo lanzó al otro extremo de la habitación. Después se dulcificó.

—Tráeme el gorro y no tomes ese aire desesperado... Vamos, ven acá... Algo hay de bueno, después de todo, en esa cabecita. ¿Dices que temías, hablando, ceder a algún deseo secreto? ¿Es ese tu pensamiento? Responde... ¿Es que amas a Máximo?

Yo estaba como una acusada, con la cabeza baja, y no tenía valor para responder.