—¿Quién sabe si no empieza uno por engañarse a sí mismo?... Pero no he querido hablar con usted para disertar sobre psicología sentimental, sino para pedirle perdón.
—¿Ha sospechado usted de mí, verdad?—dije sonriendo.—Así debía ser, pues las apariencias estaban contra mí.
—Y le importaba a usted poco, confiéselo.
—No tan poco, puesto que tuve una gran pena. Pero el ser inocente me consolaba.
—Es usted, sencillamente, un ángel. Elena, esto es lo que quería decirle.
No pude menos de echarme a reír.
—Hace usted mal de reírse de un pobre diablo escaso de hipérboles... ¿Me guarda usted rencor?
—¿Por ser escaso de hipérboles?
—Por haber sospechado de usted.
—Le había a usted perdonado antes de estar justificada, y no tengo mérito ahora mostrándome magnánima... ¿Quiere usted entrar a ver a mi padre?