Se sentó al lado del escritorio, y yo en la sillita baja que siempre ocupo junto al sillón de mi padre.
—Hoy hace un mes, sufrí una gran decepción; ya sabe usted lo que quiero decir y en qué forma brutal se hizo la luz. Hubiera sido menos cruel para mí el oír la verdad de su boca de usted.
—¡Era imposible!
—No discuto sus razones, Elena; aunque sospecho que fue su indiferencia de usted lo que les dio tanta fuerza.
Me callé y no revelé ni por una seña mis verdaderos sentimientos.
—Si hablo de esto—continuó,—puede usted creer que no es para que lamente mi suerte, que es más bien grotesca.
—¿Por qué?
—Porque es ridículo ser engañado.
—¿Cómo no serlo cuando se ama?
Máximo respondió tristemente: