¿No admira usted, señor cura, cómo me he librado, sin hacer nada para ello, de ese secreto que tanto me pesaba?

Elena al Padre Jalavieux.

Mi padre lleva muchos días enfermo y con alternativas que nunca le llevan a la convalecencia. Estoy angustiada.

Hoy, cuando salía de mi cuarto para ir a instalarme al lado de mi padre, me he encontrado con Máximo. Le dí la mano, y él la retuvo en las suyas y me dijo en tono de reproche:

—¿Por qué huye usted de mí? Hace un mes que no encuentro medio de hablarla.

—Ya sabe usted que el cuidado de mi padre ocupa todo mi tiempo.

—¿Está solo en este momento?

—Están con él los Marqueses de Oreve.

—Entonces no hay sitio para mí y debo marcharme, a no ser que usted tenga la indulgencia de hacerme quedar.

—Quédese, se lo ruego.