—Sí, quiero.

Elena se volvió hacia mí.

—Ya lo ha oído usted... ¡Hágalo usted cristiano, Máximo!

Yo contesté con toda sinceridad:

—No soy digno.

Le presenté agua en un vaso y ella lo cogió con mano firme. Alzó los ojos al Cielo en una muda invitación, y vertió unas gotas en aquella frente bañada de sudor, pronunciando las palabras litúrgicas:

«Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»

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No soy místico, pero te lo juro, sentí en aquel momento pasar por mis venas el calofrío de lo divino, y me pareció que se abría el Cielo por encima de aquella estancia de agonía.

Las campanas de Nochebuena estaban tocando a la misa del alba.